¿Quién decide qué es relevante?

Hay algo extraño en la forma en que vivimos en línea hoy. Deslizamos, miramos, reaccionamos… y, sin embargo, la mayoría de las veces no somos nosotros quienes elegimos lo que vemos. Esa elección ya fue hecha por alguien más. No por un editor. No por un amigo. Sino por un sistema: frío, silencioso, matemático, diseñado para predecir qué retendrá nuestra atención. De pronto, la relevancia ya no se trata de profundidad, ni de originalidad, ni de momento. Se trata de interacción, de inmediatez, de repetir patrones familiares que provocan reacciones predecibles. Los algoritmos se han convertido en los nuevos guardianes, no solo del contenido, sino de la cultura.

Y los efectos están en todas partes. Las marcas que antes construían historias con tiempo y paciencia, ahora corren detrás de tendencias que mañana ya no existirán. Los creadores que antes cuidaban cada detalle, hoy moldean su trabajo según lo que el sistema favorece. Es fácil entender por qué: todos quieren ser vistos. Pero en ese intento por encajar, muchos olvidan quiénes eran antes de adaptarse para agradar. Las campañas suenan más fuerte, pero no más claro. Las publicaciones llegan más lejos, pero dicen menos. La relevancia se ha convertido en un juego de supervivencia, no de expresión.

Pero, ¿qué significa realmente esto?

El riesgo del que casi no hablamos no es que el algoritmo exista, sino que nos rendimos demasiado fácil ante él. Olvidamos que detrás de las métricas todavía hay personas. Que detrás de la pantalla sigue habiendo una razón por la que empezamos a contar historias. No se trata de resistirse al cambio ni de rechazar las herramientas; se trata de recordar quién conduce el mensaje: la marca, la voz, la intención.

Cuando creamos solo para el feed, nos volvemos olvidables. Pero cuando creamos desde adentro, desde la verdad, empezamos a resonar. No porque el algoritmo lo apruebe, sino porque alguien, en algún lugar, sintió algo. Y tal vez se detuvo. Y tal vez recordó.

El algoritmo no tiene que desaparecer. Pero no debería decidirlo todo. No debería silenciar los matices ni aplanar las ideas valientes. Y, definitivamente, no debería definir lo que importa.

Eso todavía es nuestra responsabilidad.